Álvaro Portes, director Territorial Sur de CESCE

Es hoy un hecho conocido que a lo largo de la última década la empresa española ha hecho un enorme esfuerzo por internacionalizar su actividad. Y lo ha hecho con éxito, como lo demuestra la evolución de algunos de sus datos más relevantes.

En todos estos años, el sector exterior nos ha dado muy buenas noticias: el crecimiento sostenido de las exportaciones, la mejora de la tasa de cobertura y del grado de apertura de la economía española, nuestro superávit por cuenta corriente y el incremento de la base exportadora y del número de exportadores regulares.

Todo ello indica que muchas empresas españolas han demostrado su capacidad para competir a nivel global, en mercados abiertos, donde la única palanca para crecer es disponer de una gama de productos y servicios atractivos, para sus distribuidores y clientes, y diferentes de lo que ofrecen sus competidores.

Este reconocimiento de nuestra capacidad de competir a nivel internacional es especialmente aplicable al sector agroalimentario que, incluso en la difícil coyuntura actual derivada de los efectos de la pandemia de COVID-19, ha mantenido el crecimiento de sus exportaciones en el año 2020 y continúa con la “velocidad de crucero” adquirida en los últimos años. Pero, ¿cuáles han sido las claves de esta historia de éxito de la empresa agroalimentaria española?.

Podríamos referir múltiples factores pero hay un denominador común que se repite en todas ellas: su apuesta por la DIFERENCIACIÓN a partir de su firme compromiso con la INNOVACIÓN. Este enfoque innovador, más que una estrategia, es una “actitud” impulsada por el propósito de orientar la empresa hacia el mercado, tratando siempre de ofrecer nuevas soluciones que respondan a las necesidades y a los cambiantes patrones de comportamiento de sus clientes.

Innovar es no dar nada por sentado, asumir el cambio permanente como el pilar básico de nuestra gestión, revisar todo aquello que hacemos y cómo lo hacemos para eliminar cualquier elemento de nuestra oferta que no tenga valor para nuestros clientes. Expresado de forma coloquial, innovar es “poner la casa patas arriba” con ambición pero también con prudencia y responsabilidad, midiendo los riesgos de esta nueva cultura del cambio.

Innovar no es siempre un proceso disruptivo; no es saltar al vacío sino, más bien, al contrario. Muchos procesos de innovación son incrementales, sustentados en el principio de mejora continua y nadie mejor que la empresa agroalimentaria demuestra esta orientación, ya que ha apostado por innovar en productos, calidad, servicios, marcas, envases y presentación de los productos, formas de distribución y comunicación, entre otras muchas líneas de actuación.

No cabe duda de que el éxito internacional de la empresa agroalimentaria descansa sobre este compromiso con la innovación, que ya ha enraizado en su ADN, porque ambos fenómenos se retroalimentan. Salir fuera a competir en mercados abiertos es como abrir una ventana y permitir que corra por la empresa el aire fresco que traen las exigencias de nuevos clientes y los nuevos mercados; porque ellos son, en definitiva, quienes impulsan la creatividad y la innovación. Cuanto mayor es nuestra exposición al negocio internacional, más innovadores seremos y cuanto más innovamos, mayor es nuestro potencial para crecer a nivel global.

Mi firme compromiso con estos valores me lleva de nuevo al título de esta reflexión: apostemos por ser diferentes y hagámoslo convencidos de que “aunque no todo lo nuevo y diferente tiene éxito, todo lo que tiene éxito es nuevo y diferente”.

Álvaro Portes Fernández
Director Territorial Sur de CESCE

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