La economía internacional vive un momento peculiar. Asistimos a un ciclo expansivo prolongado, con niveles de crecimiento muy moderados pero con resultados positivos en casi todas las economías desde hace casi un lustro, un ciclo que no tiene visos de acabar a corto plazo. Sin embargo, este resultado enmascara el hecho de que siguen intensificándose algunos riesgos que, potencialmente, tienen la capacidad de perjudicar no sólo al crecimiento a corto plazo sino también a las perspectivas de desarrollo de numerosos países a más largo plazo. Esta realidad se pudo constatar ya el año pasado, cuando el crecimiento mundial fue del 3,7% y, de nuevo, igual que ocurrió en 2017, la mayor parte de las economías registraron tasas positivas. Sin embargo, especialmente desde mediados de año, tuvo lugar una intensificación de los riesgos que ha tenido una doble manifestación: por una parte, una desaceleración del ritmo de crecimiento de forma generalizada; por otra, una mayor volatilidad de las condiciones financieras y de los precios de las materias primas.

Este crecimiento no está siendo sincronizado sino que se aprecian diferencias muy importantes entre países. Por ejemplo, en el grupo de las economías desarrolladas, Estados Unidos sigue registrando un comportamiento muy dinámico, debido fundamentalmente al impacto de las medidas de estímulo fiscal. En cambio, la Zona Euro se está desacelerando, especialmente en el caso de Alemania, Francia e Italia. El crecimiento de China también se ha ralentizado más rápido de lo previsto a raíz de las medidas de saneamiento de la industria financiera y, aunque no es fácil disponer de datos fiables, se cree que algunos de sus sectores industriales podrían estar en recesión. Esto está ocasionando una disminución de sus compras al exterior, lo que, a su vez, tiene un efecto en cascada sobre toda la economía mundial. En efecto, el comercio mundial de mercancías, después de registrar un crecimiento extraordinario en 2017, ha vuelto a desacelerarse en 2018, situándose en torno al 3,7%. Esta tasa, prácticamente idéntica a la del crecimiento del PIB, es todavía, sin duda, un buen dato pero hay que tener en cuenta que muchas de las amenazas a las que se enfrenta la economía mundial tienen que ver con el futuro de las relaciones comerciales.

Y, ¿cuáles serían estas amenazas? Podemos destacar fundamentalmente tres: la escalada de las disputas comerciales, los cambios en las condiciones financieras y la intensificación de las tensiones geopolíticas. El impacto real del aumento de los aranceles entre Estados Unidos y China es relativamente limitado, de momento, porque afecta a un porcentaje pequeño del comercio mundial. Además, en la actualidad ambos países están negociando y podrían acabar llegando a un acuerdo. Pero no se puede descartar que las tensiones se disparen puesto que estos enfrentamientos por el desequilibrio comercial y los aranceles son, en realidad, la punta de lanza de una rivalidad más profunda que tiene que ver con cuestiones estratégicas y de seguridad nacional (supremacía tecnológica, defensa de los sistemas de información y de los servicios básicos). Y, si esto ocurre, el impacto sobre la economía mundial podría ser mucho mayor.

Por lo que se refiere a las condiciones financieras, hay que tener en consideración dos aspectos. De un lado, la política monetaria se ha empezado a endurecer tanto en Estados Unidos como en la UE, al menos, en términos nominales aunque los tipos de interés reales siguen siendo históricamente bajos en Estados Unidos y continúan en valores negativos en la Unión Europea. Por el momento, parece que el proceso de normalización de la política monetaria va a ser más lento de lo previsto inicialmente debido a que, tanto la Reserva Federal como el Banco Central Europeo, pretenden acompasarla al ritmo de crecimiento de la economía y las previsiones

apuntan, como decíamos, a una moderación del crecimiento. Sin embargo, antes o después, se va a producir un endurecimiento de las condiciones crediticias. Y esto, junto con el ajuste en la valoración de los activos de muchos países emergentes, explica la volatilidad en los mercados de capitales de muchos de esos países en la segunda mitad de 2018.

Finalmente, sobre la confianza y las expectativas pesan también los factores políticos. En el caso de la Unión Europea, el protagonismo lo tienen la posibilidad de un Brexit sin acuerdo y la creciente polarización política. Hay que tener en cuenta, además, que en 2019 se renuevan tanto el Parlamento Europeo como los Presidentes de la Comisión y del Banco Central Europeo. Las tensiones con Rusia y China y la pérdida de peso del multilateralismo, que complica la posibilidad de alcanzar soluciones colaborativas en caso de crisis, son también factores que aumentan la incertidumbre.

Todo este conjunto de variables se traduce en unas perspectivas más pesimistas para 2019. La desaceleración se va a acentuar de manera generalizada, con unas pocas excepciones. Aun así, no se espera que ninguno de los principales bloques entre en recesión. Estados Unidos va a seguir encabezando el crecimiento de los países desarrollados, a gran distancia del resto, aunque el impacto del cierre de la Administración se va a dejar sentir en el primer trimestre del año y en algún momento dejará de sentirse el efecto de las medidas de estímulo fiscal. En la Unión Europea, con la excepción de España, persistirá la atonía. Se espera que el crecimiento de China se estabilice porque las autoridades ya están empezando a aplicar algunas medidas de estímulo como, por ejemplo, inversión en infraestructuras, relajación de la normativa sobre el mercado inmobiliario y reducción de los impuestos a las empresas.

La situación de los países emergentes, en general, es relativamente más tranquila debido a que se ha calmado la presión sobre las divisas que afectó a muchos de ellos en el verano de 2018. Además, no parece previsible que se reactive si, como se espera, la Reserva Federal adopta un ritmo aún más lento a la hora de subir los tipos de interés.

El contexto de desaceleración de la demanda mundial no favorece a los exportadores de materias primas cuyos precios, en especial, los del petróleo, han registrado una considerable volatilidad en los últimos meses. En todas las grandes economías emergentes (Rusia, Sudáfrica, Turquía, Brasil, México) se espera crecimiento positivo pero en descenso y niveles de inversión más reducidos que en años anteriores.

En conclusión, nos encontramos en una fase de desaceleración o, como mínimo, de estancamiento de la economía mundial. En las economías desarrolladas parece haberse alcanzado el límite de crecimiento potencial, con niveles de paro y de inflación muy reducidos. Los países emergentes seguirán creciendo con tasas moderadas pero, en estos momentos, no hay factores que permitan pensar en una expansión más intensa.

María José Hernando Minguela, Jefa de la Unidad de Riesgo País y Gestión de Deuda de CESCE, Compañía Española de Seguros de Crédito a la Exportación.

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